La verdadera honestidad intelectual radica en reconocer dónde termina la capacidad de observación del método científico y dónde comienza la especulación ontológica. Si el espacio y el tiempo son solo las herramientas con las que nuestra mente organiza la realidad, ¿qué es lo que realmente existe fuera de nuestro limitado andamiaje cognitivo? Separar el dato científico del dogma encubierto es, quizás, el primer paso para entender nuestra verdadera posición en este cosmos contingente.