Anhelar la libertad de los presos políticos en Venezuela es, en esencia, un acto de amor profundo por la justicia y la dignidad humana. Deseamos que vuelvan a casa no solo porque su ausencia desgarra el corazón de sus familias, sino porque ninguna conciencia debería ser castigada con el encierro, ni ninguna voz silenciada tras los muros de una celda por soñar con un país distinto. Reivindicar su libertad es sanar una herida abierta en el alma de la nación; es creer que el abrazo del reencuentro es más fuerte que cualquier cadena y que la luz del sol pertenece, por derecho sagrado, a quienes han sacrificado su propio bienestar por el ideal de una tierra libre y plena.
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